Nada me falta.
Estoy.
He hecho del silencio
un lugar habitable.
No llamo.
No persigo.
Si la palabra aparece
es porque alguien la sostiene
conmigo.
No deseo promesas
ni refugios.
Me basta la verdad dicha baja,
el respeto que no se anuncia,
la cercanía sin posesión.
Y si una amistad llega,
que sea así:
sin ruido,
sin miedo,
quedándose.
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A cierta edad
la amistad ya no sucede.
Se piensa.
No basta un gesto,
ni el azar de coincidir en una esquina.
Hay un umbral invisible
hecho de biografías,
de heridas que no se nombran,
de prudencias aprendidas.
Antes
un hola era suficiente.
Un hola
y el mundo se abría
como un patio sin dueño.
Jugábamos
sin preguntarnos quién eras,
sin medir cuánto ibas a quedarte.
Ahora
llevamos el nombre escrito en capas,
y el corazón,
aunque intacto,
aprendió a cerrar la puerta despacio.
Qué difícil decir:
confía,
cuando ya sabemos
todo lo que puede perderse.
Y sin embargo,
a veces,
entre dos adultos cansados,
ocurre algo mínimo:
una risa que no se explica,
una escucha que no juzga,
un silencio que no incomoda.
Entonces recuerdo
al niño que fui,
tendiéndole la mano a otro
sin saber su historia,
sin miedo a no ser elegido.
Quizá la amistad,
a esta edad,
no sea volver a la inocencia,
sino atreverse,
por un instante,
a no defenderse.
Decir hola
como quien deja caer una llave
sobre la mesa
y espera.